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Belisario Betancur

Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional 1983

"[...] la ancha España del sufrir y del esperar [...]".
Ortega

Abrumado por el sucesivo honor del Premio Príncipe de Asturias, de vuestra presencia y del encargo de agradecer en nombre de los agraciados, me presento con el temor reverencial de que hablara don Andrés Bello en nuestro Código Civil. Es osadía aceptar tal encargo con abstracción de las más altas calidades de los galardonados por las personalidades del Jurado, a las cuales rindo homenaje. Aumenta la osadía al conocer el elevado origen asturiano y real de la distinción que su alteza real don Felipe de Borbón, los excelentísimos señores don Pedro Masaveu, don Graciano García y los miembros del Patronato Príncipe de Asturias tanto como sus Protectores nos disciernen. Y asume desmesura al saber de las maravillosas opciones que obraron antes de nuestro señalamiento.

La violencia y la quimera

De mí sé decir que recibo este honor con humildad pero sin falsa modestia, porque entiendo que el galardón alcanza a los Jefes de Estado del Grupo Contadora, y al equipo de Gobierno que se homologa en el propósito de paz; y comprende a los colombianos que nos acompañan en restaurarla en una patria víctima de prolongadas querellas, y de buscarla en la torturada América Central.

Ha recibido mi país el equívoco honor de primeras páginas en las cuales se habla de "la violencia" que se desencadenó en los años cincuenta: ha sido una fenomenología devastadora y convulsiva que alteró irrevocablemente nuestro perfil y, acompañada por cambios en las estructuras económicas, sociales y demográficas, significó el ingreso de Colombia a lo que tiene de peor el mundo moderno, a la quimera del bienestar con atraso, injusticia y pobreza, es decir, en mitad del subdesarrollo.

La mutua hostilidad

Luego, esa "suave patria" -como llamaba a la suya el poeta mexicano Ramón López Velarde-, ha sido escenario de traumas que se enquistaron en focos locales a lo largo de treinta años, al conjuro de agentes subjetivos de contradictorias aunque en ocasiones explicables motivaciones; y de agentes objetivos, innegable telón de fondo de nuestras injusticias.

No intentaré una tipología de esos movimientos, ni discutiré sus sustentaciones ideológicas ni sus pretensiones políticas. Aprieto la mano sobre el corazón para reconocer que cuando se está aplicando una amnistía de perdón y olvido, que obra de pleno derecho aun contra la negativa del beneficiario, encontramos seres iniciados en la subversión desde adolescentes, para quienes la lucha es una segunda naturaleza y que aspiran no sólo al olvido, sino a resembrarse en un mundo con el que han tenido la única relación de su mutua hostilidad. Un país formal, yerto, injusto, el país legal de las estructuras consuetudinarias subvierte los esquemas mentales y los patrones de comportamiento de seres que creen que sólo les queda la dialéctica de la subversión subjetiva. En más de un caso, de este choque de subversiones surge la esperanza de una patria nueva tejida con los hilos sobrantes de la refriega. A grandes brochazos, ésa es la ardua empresa en que estamos comprometidos los colombianos.

Morir de imposición y de pobreza

La paz cotidiana, tan esencial como el pan de cada día, es resultado de la justicia. A veces parecería como si sólo nos uniera el subversivo común denominador de ser injustos los unos con los otros, al cobijo de instituciones arcaicas con oportunidades desiguales para continuar desiguales, en las que las clases dirigentes dominan pero no representan, a sabiendas de que la democracia vive de participación y muere de imposición y de pobreza.

Por eso destruir la pobreza debe ser la única guerra de la humanidad. Mudarnos la armadura de guerreros por una fértil disposición al diálogo que se convierta en faro en esta nueva morada del hombre, tal es la imagen de nuestro sueño. En él dejaremos nuestra impronta, derrotando los obstáculos de la saga de los Buendía en Cien años de Soledad de nuestro Nobel García Márquez, cuando dice que "Aureliano se pasaba la vida haciendo pescaditos de oro durante el día, para desbaratarlos por la noche".

De igual manera el hombre contemporáneo se pasa construyendo esquemas que las demencias de poder deshacen: del otro lado del mar ser justos va siendo cada día más difícil; estamos llenos de ideas e intenciones para la paz, pero destituidos de acciones, en un continente para el cual dijera el Presidente paria Marco Fidel Suárez que "el destino de la humanidad es progresar padeciendo".

¿Está el hombre uncido a la veleta de su instinto, condenado a pelear con uñas y dientes, cruceros y misiles? ¿Justos e injustos estamos destinados a recorrer jadeantes la tierra abriéndonos paso por entre el ciego follaje de los ideologismos?

El clamor de Contadora

Escoltados por una coral solidaria -allí la voz compañera de España-, vamos tras la paz en América Central, que es también nuestra propia paz. Los Presidentes de Contadora; los Cancilleres de Panamá, México, Venezuela y Colombia y sus asesores, dialogamos a diario con los Jefes de Estado y los Cancilleres centroamericanos y con los grandes centros de poder, en la esperanza de un acuerdo.

El protagonismo es la paz; nosotros, sus heraldos y emisarios.

En consecuencia, no sólo Contadora sino hombres y mujeres de América Central, reclaman comprensión y apoyo de todos; y por eso nuestro reconocimiento a una conducta de tan lúcido aliento como la de España.

Un hombre de paz

Mi temperamento, mis creencias, mi formación intelectual, mi involuntaria coexistencia con la violencia social en la cual crecí y con la violencia política a la cual sobreviví, me hicieron hombre de paz. No creo, no quiero creer en esa ecuación aborrecible de violencia y progreso; ni acepto que la historia sea linealmente, fatalmente, monótonamente, el escenario donde los hombres se transmutan por el hierro y el desangre.

Tampoco soy un absolutista de la paz: cultivo la convicción de que ésta es el bien supremo, pero sin la jactancia de pretender dominar los caminos que a ella conducen. Aborrezco la guerra, pero he abjurado también de los dogmatismos, al punto de que al leer a Tolstoi anciano, me turban la pugnacidad y la cólera con que proclama el bien de la paz. Y me conturba la iracundia de quienes la defienden con temple alucinado de inquisidores y caudillos.

Hay un rincón del hemisferio de mis sueños donde mora la esperanza, en la sonora soledad de la utopía de una paz que me intimida imponer como conquista o como victoria, tal "la inmensa majestad de la paz romana insensible y presente como la música del cielo" de que me hablara con arrogante melancolía el emperador Adriano en las Memorias de la Yourcenar.

Me inclino más bien a coincidir con el austríaco Karl Popper cuando aconsejaba trabajar por la extinción de males concretos más que por la realización de bienes abstractos, sin establecer la felicidad por medios políticos; tender a la eliminación de las desgracias específicas y elegir el mal más acuciante para convencer a la gente de que es posible librarse de él.

Ni inocentes ni impotentes

Tales son los alcances de la paz que el Gobierno de Colombia busca con esperanzada persistencia. Es respuesta a injusticias sufridas en propia carne; es el imperativo de reaccionar frente a situaciones cuya pestilencia ahoga; la convicción de que faltaría a mi deber si no procurara cortar los males que rodean a mis hermanos de Colombia y a mis hermanos de América.

Ni para mi patria ni para otros países existe fórmula. Me consuela emplear los instrumentos jurídicos, administrativos y morales, es decir, los elementos náuticos necesarios para surcar la procela y extirpar injusticias de las que acaso no seamos responsables; pero frente a las cuales no podemos declararnos inocentes ni impotentes.

Porque todos estamos inscritos en el mismo destino y, en consecuencia, hemos de ser todos buscadores de esa luz. Una vida noble no es una vida con buen éxito, escribía Ortega, sino una vida poblada de honrados intentos para la gran patria del espíritu. "Sembrándola de las virtudes teologales, agregaba, recorramos a España, si fuese preciso a pie, y si no fuera por la prisa, de rodillas".

Es la misma paz cuya plenitud ilumina fundación y existencia de El País, busca nuevas formas Sempere, medita Julio Caro Baroja, escribe con brillantez Juan Rulfo y navega en la ciencia Luis Antonio Santaló. La paz indivisible y unívoca.

Parcial y elusiva, esa paz es mi oficio desvelado, el territorio de mi existencia. Soy un obseso por alcanzarla, no para soñar con ella; el sueño, advertía ensoñadoramente Quevedo, es puerta abierta a la guerra y a la cizaña; el desvelo, a la paz y a la seguridad.

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