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Raúl Alfonsín

Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional 1985

Es un honor inmenso recibir el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Iberoamericana, 1985.

En primer lugar, porque el título del lauro tiene una resonancia entrañable, fundadora, raigal en la historia de España, y aun en la historia de Europa y de la humanidad.

En segundo lugar, porque el tema de la distinción conferida es la ley de nuestro destinos, el imperativo de nuestros días, la certeza de nuestra antigua fraternidad.

Pero si estas razones tornan vasto el honor que hoy se me dispensa, hay otra que lo magnifica: la de saber que el Premio va dirigido al pueblo argentino; que es una demostración más del apoyo de la democracia española a la democracia que los argentinos, codo a codo, venimos reconstruyendo hace dos años.

Permítaseme, entonces, agradecer tan valioso símbolo, tan alto tributo, en nombre de mis conciudadanos.

Yo encuentro una especie de sinonimia, una relación indisoluble entre Asturias e Iberoamérica. Es que la España definitiva -si así se me autoriza a llamarla- empezó a formarse en esta tierra montañosas de Asturias, bajo la guía de Pelayo, en los albores del siglo octavo. Si la invasión árabe terminó con el dominio godo en la batalla de Guadalete, en el extremo Sur de la península, también provocará el surgimiento del gran país español a partir de la batalla de Covadonga, librada en estas comarcas del extremo norteño.

Asturias inicia el largo proceso de la "Reconquista", encaminado a la derrota y expulsión de los musulmanes. Sin embargo, esa epopeya militar, política, religiosa y social poco tendrá de reconquista, pues al cabo de sus casi ochocientos años ya estaba en marcha una nueva Nación, una cultura nueva, que desde luego, había asumido el legado islámico, echándolo al crisol donde se mezclaran los aportes de íberos y celtas, fenicios, griegos y cartagineses, romanos y godos.

Pero esa España que modificaba el rostro de Europa, iba a cambiar el curso de la humanidad. Nueve meses después de la toma de Granada, Cristóbal Colón desembarcaba en Guanahaní y abría en la historia un capítulo de transformaciones nunca igualado ni superado hasta ahora. Uno y otro acontecimiento aparecen estrechamente unidos: tanto, que podría considerárselos gemelos, prefigurados. La España recién nacida, madre y maestra, alumbraba un Nuevo Mundo.

Fue un Nuevo Mundo, aun cuando algunos de sus territorios albergaran civilizaciones entonces bimilenarias. Fue un Nuevo Mundo, no porque se lo divisara como tal desde Europa, sino porque resultó el único caso en los anales de las colonizaciones en que hubo fusión de pueblos y fusión de culturas, las que dieron origen a otros pueblos y a otras culturas. Ese Nuevo Mundo somos nosotros, los iberoamericanos. Y no sólo somos el Nuevo Mundo: debemos serlo cada vez más.

España se volcó entera en América, entregándole cuanto poseía, lo que no reconoce precedentes ni similitudes posteriores. América devolvió el empeño -traducido en leyes justas, en escuelas y universidades, en libros e imprentas, en ciencias y artes, en un idioma, sobre todo-, enriqueciendo a la identidad española con sus gentes, sus tradiciones, sus modos de vida, sus lenguas, sus fábulas.

Hasta la independencia, no es exagerado afirmarlo, provino de esa mutua acción: fue España, la España de las juntas populares, la que mostró a los criollos el sendero de la libertad.

La empresa acometida por Asturias en 718 se reiteraba en América al finalizar aquélla, en 1492. Las dos condujeron al establecimiento de una Nación de naciones, de una creativa amalgama de diversidades. Por eso es que advierto en Asturias una acepción de Iberoamérica, y en Iberoamérica una acepción de Asturias. Por eso, me atrevo a suponer que este Premio exalta desde España a los argentinos, a los iberoamericanos, al tiempo que exalta a los españoles desde la Argentina, desde Iberoamérica.

Es éste un momento cenital en nuestra historia. La democracia española pronto cumplirá diez años. ¿Es pura coincidencia que, desde entonces, la Argentina y otros países del continente hayan recuperado la soberanía popular y el Estado de Derecho?

Porque se ha afirmado con acierto que cada vez que una sociedad se encuentra en crisis vuelve instintivamente los ojos hacia sus orígenes y busca en ellos ya que no una respuesta, signos, indicaciones y experiencias particulares. Con este afincamiento en nuestra tradiciones, con la memoria viva, el recuerdo y el análisis minucioso y crítico de nuestro pasado seguimos la enseñanza de Spinoza, "no llorar, no indignarse, sólo entender" y a través de este entendimiento, avanzamos con un panorama más amplio y claro del horizonte hacia el que marchamos. Estamos por ello quizá más que nunca en un punto de nuestra encrucijada histórica en el que asumimos nuestra identidad iberoamericana en su total dimensión; con sus atributos y sus falencias, con sus penas y alegrías, porque simplemente nos estamos reconociendo a nosotros mismos, estamos recuperando nuestra posibilidad de ser y de crecer juntos.

La cooperación iberoamericana está dejando de ser una simple interpretación de la historia, y menos aún una entelequia. Porque estamos dejando atrás la Prehistoria de nuestra relación y nace una historia posible, concreta, de mayor acercamiento y enriquecimiento mutuo.

Y cuando hablamos de herencias, tradiciones culturales y este lazo de sangre presente en la memoria de nuestros pueblos, no es que estemos simplemente haciendo mención a una experiencia histórica cristalizada en el pasado. Sería esto apenas un arranque de melancolía o añoranza y poco enriquecería una extensa enumeración de los hitos que España y América han construido a lo largo de cinco siglos. No le estaríamos haciendo un fiel homenaje a las generaciones de españoles, argentinos y de las demás naciones hermanas que forjaron con pasión y fortaleza vidas y destinos intensos, emprendimientos colectivos de nunca fácil concreción; no estaríamos siendo fieles -en definitiva- con nuestra propia tradición que jamás ha entendido la acción humana y el andar de nuestros pueblos como un tránsito apacible, fácil, sin obstáculos.

Es, entonces, con emoción intensa y pasión real que nuestros pueblos reviven a cada momento su historia; nuestra historia común de luchas, conquistas, sufrimientos y gozos, encuentros y desencuentros que vienen hoy a alimentar una vivencia nueva y definitoria. Con el entusiasmo -en fin- de estar escribiendo una historia diferente que entronca sin embargo con este riquísimo caudal de experiencia y memoria que nos ilumina desde lejos y nos proyecta hacia un futuro distinto, y superador.

Es por esta simple razón cargada de pasión que no vengo simplemente a transmitirles mi pensamiento y no quedaría satisfecho si no cumpliera con el objetivo más sentido de esta comunicación que aquí se manifiesta en la posibilidad de transmitirles, sí, esta vivencia que -creo- es la vivencia y el sentir de los pueblos latinoamericanos y del pueblo español en la actual circunstancia histórica que estamos protagonizando. Compartir, pues, el sentimiento, que es lo más profundo que nos une, es mi más grande satisfacción en este momento.

El pasado común está así presente de manera permanente en nosotros. Sin embargo, sería erróneo suponer que Iberoamérica como realidad es el término de ese derrotero histórico: una suerte de punto de llegada definitivo que nuestros pueblos alcanzarían por fin y para siempre. Y digo que sería erróneo hacerlo porque significaría caer en lo que Ortega llamó con agudeza "la altura de los tiempos", es decir, la creencia de que se ha logrado la completa madurez de la vida histórica. La idea de que se ha llegado a ser lo que se debía ser, "lo que desde muchas generaciones se venía anhelando que fuese, lo que tendría ya que ser siempre". Ortega señala que esas épocas de satisfacción, de logro, están muertas por dentro.

Iberoamérica no puede concebirse, pues, como la etapa final de un largo proceso histórico, sino como un punto de partida que ese proceso histórico inspira y alienta. La realidad de Iberoamérica consiste en su carácter de idea reguladora, de proyecto común, de construcción cotidiana, permanente, teñida por la insatisfacción y caracterizada por un ideal de perfeccionamiento. Iberoamérica es un ideal concreto, vital, motivador, al que debemos alentar permanentemente en nuestras políticas y en nuestras actitudes.

Pertenecer a Iberoamérica, sentirse partícipe de comunes orígenes culturales y de comunes objetivos políticos y sociales, es pertenecer a una rica, compleja y fecunda área de la humanidad contemporánea.

Se abre ahora una nueva etapa. La etapa de una coincidencia en torno a los ideales que en forma común abrigamos para el porvenir. Dentro del esquema político impostergable que impone considerar ya a la humanidad como un sujeto colectivo unitario de la historia, con problemas y con objetivos a escala planetaria. La existencia de las grandes familias culturales adquiere un nuevo papel, que no se opone a la integración mundial sino que trabaja para ella. Así como las naciones no deben perder su propia identidad en ese proceso de integración, que no debe ser el del predominio de algunos pocos pueblos privilegiados, las grandes comunidades de naciones unidas por el origen histórico común, la lengua y la cultura, tampoco deben perder esa singularidad. El mantenimiento abierto y no excluyente de tal singularidad constituirá un aporte más al enriquecimiento de la civilización humana en su conjunto. La prevalencia de los rasgos culturales de un grupo reducido de naciones sólo producirá empobrecimiento y resentimiento. La civilización del futuro, la civilización integrada, sólo se podrá construir con eficacia y con justicia en el pleno respeto de esas singularidades.

En el seno de nuestra comunidad conviven los legados históricos, las antiguas civilizaciones latinas y helénicas junto a los aportes que en una complicada trama histórica sumaron godos y árabes en Europa y luego incas, mayas, aztecas y tantos otros tergables que impone considerar ya a la humanidad como un sujeto colectivo unitario de la historia con problemas y con objetivos a escala planetaria. La existencia de las grandes familias culturales adquiere un nuevo papel que no se opone a la integración mundial sino que trabaja para ella. Así como las naciones no deben perder su propia identidad en ese proceso de integración que no debe ser el del predomino de algunos pocos pueblos privilegiados. Las grandes comunidades de naciones unidas por el origen histórico común, la lengua y la cultura, tampoco deben perder esa singularidad. El mantenimiento abierto y no excluyente de tal singularidad constituirá un aporte al que en muchos de los países latinoamericanos y muy especialmente en el mío, se sumaron las contribuciones de los inmigrantes llegados desde los más diversos puntos del globo, deriva una buena parte de nuestras actuales potencialidades.

Estamos construyendo una democracia y al mismo tiempo bregando en medio de aterradoras dificultades por establecer condiciones materiales que le aseguren estabilidad y continuidad. Pero tengo la firme convicción de que tales objetivos serían inalcanzables si el esfuerzo por lograrlos no estuviera enmarcado en un proceso, más profundo y más decisivo, de transformación cultural.

Tan importante como luchar contra la opresión es tener en claro los valores al servicio de los cuales libramos esta batalla. De poco nos serviría tener ya dadas las condiciones objetivas para superar un pasado de frustración si no supiéramos hacia dónde marchar a partir de ellas, si no tuviéramos una percepción precisa de nuestras metas y nuestros caminos; del qué hacer y del cómo hacerlo.

Y en esta percepción, que es básicamente cultural, los argentinos y demás hispanoamericanos confluimos con España en el vasto cuadro de una común experiencia histórica que nos ha llevado a compartir -por momentos en términos casi simétricos- el dolor de la opresión y la alegría de la libertad.

Latinoamérica y España han vivido una singularísima relación histórica. Colonizados por ella, hemos liberado contra aquella situación colonial una lucha que, en rigor, no aparecía planteada como un conflicto entre los dos pueblos sino como una contienda entre filosofías políticas que batallaban entre sí en el ámbito interno de uno y otro pueblo. Nuestras guerras de la independencia se inscribían en una lucha ideal contra el absolutismo que también se estaba librando dentro de España. El esquema de una lucha entre colonizadores y colonizados -que podría habernos enfrentado- se diluía en el esquema de una contienda principista que, por el contrario, nos asociaba. No éramos pueblos que luchaban entre sí, sino pueblos que sobrellevaban procesos paralelos de lucha intestina.

De ahí que tanto en el periodo colonial como en el de la independencia, España fue para nosotros un invariable punto de referencia, aunque no siempre del mismo signo.

Estamos asociados con vosotros, pues, en una misma dialéctica cultural. Hay una cultura global hispanoamericana que es común a nuestros errores y nuestros aciertos, a nuestros retrocesos y a nuestros avances. ¿Puede concebirse entre dos pueblos un mayor grado de identificación?

También nos aúna la común convicción de que el ordenamiento democrático será incompleto e inestable mientras no lo acompañe una base de justicia social, que significa no sólo distribuir equitativamente la riqueza, sino también encuadrar esta distribución en un sistema productivo que sea eficaz en la generación de riqueza para distribuir.

España nos exhibe hoy un reflexivo esfuerzo por armonizar estos objetivos, en lo que constituye una muestra no sólo de maestría política sino también de disponibilidad para renovar la propia cultura.

Puede decirse que nuestro tema central es también esta renovación, apuntada al doble objetivo de moralizar y racionalizar las relaciones del hombre con su entorno, abatiendo injustos privilegios por una parte y superando por la otra los inmovilismos ideológicos que impiden percibir una realidad en proceso de cambio.

Me toca hablar hoy ante vosotros en momentos en que tanto España como Portugal empiezan a recorrer la vía de su inserción en la Comunidad Económica Europea, confirmando la cada vez más clara evidencia de que el mundo marcha hacia grandes espacios de integración regional por encima de las viejas unidades nacionales.

Los sujetos de la historia universal, que desde los comienzos de la Era Moderna eran las naciones, empiezan a ser ahora aquellos grandes espacios. Los pueblos que en los últimos cuatro siglos pudieron acceder a ese protagonismo histórico a través de sus respectivas unidades nacionales, se ven ahora en la apremiante necesidad de articularse en formaciones políticas y económicas mayores para alcanzar el mismo objetivo.

El aislamiento soberbio en la propia singularidad nacional, el empeño en preservar una solitaria visión nacionalista del propio destino colectivo, comportan hoy el riesgo de caer fuera de la historia grande, de convertirse en una opción por la marginalidad.

En Iberoamérica estamos todavía en la etapa de las respuestas puntuales: a tal problema, tal respuesta colectiva. Cada situación crítica origina expresiones de acción conjunta, pero sin que éstas alcancen todavía proyecciones capaces de trascender el problema particular que las generó.

Es necesario ahora dar el paso siguiente: convertir estos embriones de articulación política en formas institucionales de integración que permitan a la región afrontar de un modo organizado tanto sus dificultades internas como las relaciones globales del área con el resto del mundo.

Es necesario para todo ello que dejemos atrás, clara y definitivamente, rivalidades nacionales internas, que resultan cada vez más provincianas en este mundo de grandes espacios que está surgiendo hoy.

Vivir aferrados a semejantes esquemas significaría -para decirlo quizás impropia pero expresivamente con un concepto heideggeriano- vivir hacia la muerte; hacia el sacrificio de un destino latinoamericano en el mundo regionalizado de nuestros días.

Y aquí es imprescindible decir que la necesaria conjunción de las voluntades latinoamericanas para evitar esta condena a vivir hacia la muerte es inseparable del proceso de democratización que afortunadamente se viene afirmando hoy en el área.

Las dictaduras latinoamericanas -en medio de sus notas distintivas- han tenido siempre en común el empeño de aferrarse a las singularidades nacionales, al nacionalismo provinciano que sueña con hegemonías y que desata al servicio de ellas la carrera por las armas.

Permitídme concluir citando ahora a nuestro Jorge Luis Borges para expresar con él mi propio sentimiento hacia España:

España del Ibero, del Celta, del Cartaginés y de Roma,
España de los duros visigodos
[...]
España del Islam y de la Cábala.
[...]
España de los inquisidores
que padecieron el destino de ser verdugos
y hubieran podido ser mártires,
España de la larga aventura
que descifró los mares y redujo crueles imperios.
[...]
España de los patios,
España de la piedra piadosa de catedrales y santuarios,
España de la hombría de bien y de la caudalosa amistad,
España del inútil coraje,
podemos profesar otros amores,
podemos olvidarte
como olvidamos nuestro propio pasado
porque inseparablemente estás con nosotros:
en los íntimos hábitos de nuestra sangre
[...]
España,
Madre de ríos y de espadas y de multiplicadas generaciones
incesante y fatal.


Muchas gracias

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