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Helmut Kohl

Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional 1996

Majestad,
Alteza Real,
Señores Presidentes,
Excelencias,
Señoras y Señores,

Supone para mí un gran honor y una gran alegría recibir tan alta distinción en esta ciudad rica de tradiciones y me alegro muy especialmente de recibirla en compañía de Adolfo Suárez. Y quisiera expresar mi gratitud, dirigiéndome a ustedes, señoras y señores del Jurado por la distinción que nos han entregado.

Considero este premio sobre todo un acicate personal. A la par, debe de ser un estímulo para cuantos se consagran a la causa europea, a la unión de nuestro continente y quisiera expresar una profunda gratitud a todos ustedes por ello. Porque en una época en que muchos piensan que el pesimismo se convierte en una especie de filosofía, es muy bueno dar y obtener acicates personales.

Al mismo tiempo, quisiera también agradecer a España, en nombre de mis compatriotas, que nos respaldara con su leal amistad en el proceso de la reunificación de Alemania.

Como gran país europeo, España, con su gran historia presente y también con un gran futuro, se que tendrá una participación decisiva en la evolución de nuestro continente en el siglo XXI.

Los nombres de Oviedo y Asturias evocan una región europea con una historia y cultura extraordinarias. Por esta ciudad pasó en la Edad Media una de las grandes vías de comunicación de nuestro continente, el Camino de Santiago.

Lo recorrieron innumerables peregrinos, muchos de ellos procedentes de mi tierra, el Palatinado. Confluían en Espira, otro de los grandes focos de aquella época. Desde allí emprendían su largo viaje. No era sólo un viaje en el sentido más corriente de la palabra, por cuanto también significaba sobre todo una introspección.

Los caminos de peregrinación como la Ruta Jacobea nos recuerdan que, por grande que sea la diversidad de las culturas, los europeos tenemos raíces comunes.

La Europa de hoy no es sólo el magnífico proyecto construido a lo largo de los últimos decenios. Los planos de la casa europea que estamos edificando ahora son más antiguos. Las ideas, las tradiciones, la historia en que se basa esta casa común nos une a todos y es la base decisiva. Sabemos que la economía tiene mucha importancia, y la dimensión social y la seguridad, pero pensamos que lo más fundamental es la cultura. Y si digo esto no me refiero únicamente a las obras maestras de la literatura, la música, la pintura o a monumentos inigualables. Estoy pensando sobre todo en el espíritu que impregna esas obras de arte y les confiere su grandeza y belleza a través del tiempo y por encima de las fronteras.

En este espíritu confluyen tanto la filosofía de la Antigüedad clásica y del humanismo como la racionalidad de la Ilustración y naturalmente sobre todo la impronta vivificadora del Cristianismo.

De la conciencia de esos orígenes comunes surgió el ideal europeísta. Ese ideal abarca también un sistema de valores de vigencia intemporal, con el cual queremos forjar un futuro humano.

Este sistema de valores se basa en la unicidad del ser humano, en el respeto de la vida, en el respeto de la dignidad humana y de las libertades públicas individuales.

Señoras y Señores,

El año pasado en Europa conmemoramos el cincuentenario del final de la Segunda Guerra Mundial. El siglo hacia el que hoy -cuatro años antes del cambio al nuevo milenio- volvemos la vista no pudo ser más contradictorio.

En dos guerras mundiales, los seres humanos lucharon unos contra otros, causando sufrimiento, destrucción y muerte. La barbarie nacionalsocialista proveniente de Alemania infligió sufrimientos inconmensurables a Europa.

Sin embargo, hace cuarenta o cincuenta años sucedió algo que para más de uno, e incluyo a mi propia persona, sigue siendo un milagro. Los enemigos de antaño se tendieron la mano y el odio mortal se convirtió en entendimiento, cooperación y amistad.

La construcción de la casa europea obedece a muchos y plausibles motivos. Para mí lo fundamental es que convivamos en el siglo XXI que viene en paz y libertad en Europa y no recaigamos nunca más en los oscuros tiempos de la barbarie que dejamos atrás.

Queremos construir esta casa europea sólida, a prueba de las inclemencias del tiempo. Una casa que no se hunda en épocas de tormenta o de inclemencias del tiempo. Una casa en la cual los pueblos que así lo deseen puedan vivir su propia identidad. Y sobre todo una casa común en la cual tengamos un orden común, válido para todos. Esto es lo más importante : una casa en la cual nunca más recurramos al uso de la fuerza para dirimir diferencias y discrepancias.

No vamos a construir una "fortaleza Europa". No eliminamos las fronteras internas por una parte para levantar murallas externas. No es esa la Europa que yo, personalmente, anhelo. Europa tiene un venturoso porvenir por delante si sigue abierta al mundo. Queremos cooperar con nuestros vecinos del Este y de la otra orilla del Mediterráneo. Queremos cooperar con otros continentes, y estoy pensando en particular en mérica Latina, región a la cual nos sentimos muy próximos y estamos unidos por lazos muy estrechos.

Los pueblos de nuestro viejo continente son muy distintos. Y ahí está el encanto de Europa. La unidad en la diversidad; ahí está nuestra concepción de Europa. La clave de la pujanza de Europa estriba precisamente en esos dos factores.

Su patrimonio cultural y su acervo espiritual constituyen uno de los pilares fundamentales de la creatividad humana y, por ende, del éxito económico y político.

Todo lo que venimos haciendo en el momento presente lo hacemos antes que nada por la generación joven. Lo que está en juego es su futuro, es precisamente por los jóvenes por quienes queremos materializar el designio de la Europa unida. Porque todos necesitamos esa Europa para vivir duraderamente en paz y libertad.

Hace cuatrocientos años Lope de Vega escribió que "incluso la meta más lejana es alcanzable para quien espera con cordura".

Afrontemos los europeos esta tarea. No cejemos nunca en nuestro empeño en pro de una Europa unida en libertad, por nosotros y por las generaciones venideras.

Muchas gracias.

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