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Discursos  

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Discurso de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias durante la ceremonia de los Premios Príncipe de Asturias 1988

Una vez más tengo el honor de asistir a este solemne acto, que ya forma parte indisoluble de las manifestaciones culturales de nuestro pueblo, abiertas hacia el futuro.

Un futuro que provoca mi propia exigencia porque, junto con tantos españoles de mi generación, estoy en la edad de aprender, de aumentar mis conocimientos, de preparar mi integración en los nuevos tiempos que se avecinan.

Confieso, con modestia de discípulo, que es muy satisfactorio y aleccionador contar con tan buenos ejemplos como los que se deducen de los maestros hoy galardonados y que os encontráis entre nosotros.

Estos premios que recibís son, como es lógico, muestra del reconocimiento a las obras y creaciones en las diferentes actividades a las que dedicáis vuestra vida.

Pero realmente, somos nosotros quienes nos sentimos premiados al poder disfrutar, al poder aprender, al poder descubrir las lecciones derivadas de infinitos mundos de la cultura, la ciencia y el arte en la que sois figuras señeras y destacadas.

Aun están grabadas en mis ojos las imágenes de la olimpiada a la que he tenido ocasión de asistir recientemente en Seúl. Como joven de mi tiempo, me ocurrió sin duda lo mismo que a millones de muchachos del mundo entero: me sentí admirado al contemplar a cuantos con encomiable sacrificio avanzan en la consecución de marcas y perfeccionan sus cualidades físicas.

Vosotros sois también los protagonistas de una olimpiada del conocimiento, de la cultura y del espíritu. Nos dais una lección de esfuerzo, de belleza y de generosidad, que hace que nos sintamos más responsables cada día.

Asturias se convierte, en razón de estas sucesivas competencias dilucidadas con la concesión de estos premios de creciente fama, en foro universal que ilumina horizontes, establece interrogantes y proporciona soluciones.

Me corresponde, como es natural, referirme al futuro como incitación que a los jóvenes nos hierve en la sangre.

Pero el futuro no puede contemplarse como un salto en el vacío, como una locura o una aventura sin retorno. El futuro se basa en el pasado y se llena de energía en el presente. Vosotros los premiados sois, como creadores, artistas y pensadores, quienes habéis de nutrir nuestra imaginación para que los años venideros no nos asusten y en ellos la humanidad se haga mas plena y mas fecunda.

¡Ojalá sepamos extraer de vuestras obras todo el mensaje de vocación y de entrega que contienen!

Yo también tengo vocación. La vocación de servir a España y a los españoles en la tarea que me corresponde. Y un deseo de entrega a los demás, del que me siento muy orgulloso.

Señor Presidente de Costa Rica:

La vocación de España es la solidaridad con los países de Iberoamérica, cuya andadura es la nuestra. Vuestro mensaje, como el de los anteriores estadistas que anteriormente nos han honrado en esta patria común de la cultura y de la ciencia constituida por los Premios de la Fundación, no quedará en silencio.

Vuestro mensaje es como la savia que hace crear la vida. Llevad de mi parte a los jóvenes costarricenses un saludo que es compartido por todos los españoles.

Doy las gracias por su presidencia al señor Samaranch y mi admiración por su importante labor para que un deporte limpio, puro y desinteresado sirva a la educación de los pueblos.

Gracias asimismo a don Horacio Sáenz Guerrero, que representa en este acto la actividad, siempre acuciante, del periodismo.

Es cierto que los problemas del mundo son graves por su complejidad en el porvenir que nos espera. Ante ellos, quiero destacar la inmensa labor de los profesores Moshinsky y Cardona.

Y ahora que va a empezar mi curso en la Universidad Autónoma de Madrid, siento especial satisfacción y respeto ante los ilustres profesores Sánchez Agesta y Díez del Corral, cuya huella universitaria es profunda e imperecedera.

Gracias también a quien, como Jorge Oteiza, humaniza el espacio y el tiempo en obras que nos hacen sentirnos criaturas de Dios.

En cuanto a los escritores, doña Carmen Martín Gaite y el poeta don José Ángel Valente, mi reconocimiento porque han iluminado mis horas de lector.

Y gracias, finalmente, a Asturias y a los asturianos que respaldan con ilusión y fervor la feliz singladura de estos premios que llevan mi nombre.

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