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Javier Pérez de Cuéllar

Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional 1987

Es alta honra recibir el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Iberoamericana, de manos de Vuestra Alteza, en presencia de los Reyes de España y de figuras señeras de ese mundo que juntos constituimos España, Portugal y los países Iberoamericanos. Al expresar mi gratitud a la Fundación Príncipe de Asturias y a los distinguidos miembros del jurado que generosamente me han concedido tan preciada recompensa, creo que debo hacerlo también en nombre de la organización mundial que represento , en cuya profesión de fe aparece, prominente, el concepto de la cooperación internacional como medio de lograr el progreso económico y social de todos los pueblos del mundo.

Aquí en esta tierra ibérica, en esta España magnífica que tan abundante corre por mis venas, en esta ciudad de Oviedo tan llena de historia y de cultura y de belleza, medito hoy, y os invito a meditar conmigo, en lo que aconteció hará pronto cinco siglos, cuando de las costas andaluzas zarparon la fe, el coraje y la esperanza rumbo a mundos desconocidos y encontraron a la hoy llamada América, y la desposaron y la fecundaron y lograron de ella el fascinante brote del que surgió la Iberoamérica de hoy. Y como no pensar en los gallardos Portugueses, que inspirados por don Enrique El Navegante, hallaron las bellas costas brasileñas, trazaron caminos sobre todos los mares y redondearon literalmente la tierra.

Permitidme que mencione ahora, por contraste, a aquellos hombres de mar que llegaron, al parecer, a las costas de Norteamérica... y que vieron, y que muy pronto partieron, y a los que se pretende emular con nuestros ancestros ibéricos que, ellos, llevaron, permanecieron y engendraron una nueva cultura. Por ello me sorprendió siempre que el 12 de octubre se conmemorase tan sólo como el descubrimiento de América, y que no se celebrase en ese día lo que es esencial, el inicio de una empresa extraordinaria de fusión de razas y de culturas, que benefició a los descubridores, a los descubiertos...y al mundo, que sólo entonces supo lo variado e inmenso que era.

Y comenzó así una prodigiosa simbiosis que duró tres siglos y que se detuvo, cuando hace más de 150 años, veinte generaciones se desmenbranaron de la Península Ibérica, como veinte ríos que se salieran de madre y formaron nuestras veinte repúblicas. No evoco ese histórico suceso con ánimo de cicatero análisis de aciertos y errores, de ventajas y desventajas, sino mirando al futuro, con ansias de reavivar esa simbiosis dentro de la nueva trama que ha venido urdiendo la historia.

Cómo obtener que esa simbiosis se vuelva fluida y duradera, cómo transformarla en efectiva cooperación iberoamericana no es sólo de naturaleza política, esa antigua y apretada red, casi diría trampa, de problemas que aprisionan, que paraliza a numerosos países nuestros, es también de naturaleza económica y social: muchas décadas de irresponsabilidad de los gobiernos, de injusticias sociales, no sólo han detenido su progreso sino que han ido sedimentando frustración, amargura, rebeldía.

Nuestra proporción del mundo requiere de una revolución, pero no de una revolución de demagogia y sangre, sino de profundo cambio económico, social, cultural, humanitario dentro de un genuino molde democrático.

La solución de la ardua crisis iberoamericana no se logrará dentro del exclusivo marco nacional. Será necesaria una estrecha cooperación entre nuestros veinte pueblos así como una efectiva coordinación con los tantos pueblos, de otras latitudes, que hacen frente a problemas semejantes. Será necesario, imperioso, que se unan a esa tarea, más con espíritu de solidaridad que de cooperación, las dos grandes naciones genitoras España y Portugal, que bien comprenden que además del bienestar material de los iberoamericanos, lo que está en juego es la heredad espiritual que ellos comparten. El venturoso ingreso de ambas naciones a la comunidad europea, hace ahora posible que se asuma con nuevo vigor su histórica función y que sirvan de puente entre Iberoamérica y el mundo occidental para que éste comprenda mejor los problemas de aquélla, y ayude a resolverlos.

Ahora bien, como nadie duda ya de que el mundo se torna más y más interdependiente, que sólo el bienestar de todos los pueblos del mundo puede garantizar una paz universal y auténtica, no tenemos acaso el derecho de esperar y hasta de exigir la contribución a nuestro pleno desarrollo de los países del mundo más desfavorecidos por cierto, que comprendo que para comprometer en el desarrollo de nuestra región a los países poderosos de otras áreas, que, como es natural, atienden a otros intereses, no puede bastar mi "iberoamericanista" planteamiento. Se requiere por ello que nuestros gobiernos inspiren respeto, merezcan el apoyo que solicitan, demuestren que no son el tonel de las danaides: quiero decir que nuestro subcontinente, que no sabe ni quiere mendigar, debe hacer el gran esfuerzo nacional, que ya han hecho tantos de sus países, de afianzar la democracia, pero la verdadera de fortalecer su economía con una sabia y honesta gestión de su hacienda, de mejorar las condiciones sociales mediante el -respeto de los derechos de hombres y mujeres en toda su vasta variedad. No debemos olvidar, jamás olvidar, que el desarrollo no es únicamente progreso material.

Nuestra Iberoamérica afronta muchos problemas, pero me referiré brevemente sólo a dos de ellos, la situación en América Central y la cuestión de su deuda externa, para la solución de los cuales debe jugar a plenitud la cooperación iberoamericana.

Hace diez meses -recuerdo- volví desalentado de una visita a la región centroamericana y creí que era mi deber declararlo públicamente y decir que no había observado la voluntad política de conducirla a la solución independiente, negociada, democrática de sus problemas -que había una irritante influencia de fuerzas extrañas al área- y que planeaba la amenaza de que la situación resultase insertada en bien conocidas confrontaciones ideológicas. Confirmé mi convicción de que urgía que los cinco gobiernos del istmo, con la inspiración y el aliento permanentes de los grupos de Contadora y de Apoyo, iniciasen sin estorbos un gran esfuerzo de solución pacífica, libremente concertada.

Afortunadamente, imperó la cordura y el 7 de agosto, los cinco presidentes centroamericanos, inspirados por el presidente Arias, tan justamente laureado con el Premio Nobel de la Paz, construyeron con sus propias manos un mecanismo de solución que tenemos todos el deber de impulsar, porque constituye el camino hacia la paz. La Asamblea General de las Naciones Unidas acaba de endosar unánimemente ese admirable esfuerzo, en el cual, por obra de una iniciativa de que me precio, tengo el honor y la satisfacción de participar.

La deuda externa de Iberoamérica, en la que hay una responsabilidad tripartita, países deudores, bancos comerciales, bancos centrales, desastroso resultado de la inconsciencia de ciertos gobernantes y de la avidez de irresponsables prestamistas públicos y privados, agobia cruelmente a nuestros pueblos.

Tan grave problema solo podrá ser resuelto si se le enfoca con equidad, pragmatismo y clarividencia, en forma que las responsabilidades sean compartidas.

Lo cierto es que el nivel actual del servicio de la deuda externa iberoamericana, es incompatible con un desarrollo sostenido, pues al exigir de los deudores que consagren sus excedentes comerciales al servicio de la deuda, y al obligarlos a utilizar recursos renovables para ese servicio, se está comprometiendo gravemente a las generaciones futuras. Conviene recalcar que la persistencia de este problema, además de afectar la estabilidad democrática y el bienestar de millones de seres humanos, afecta la estabilidad del sistema financiero internacional en su conjunto. La deuda externa del mundo en desarrollo es un problema de repercusiones políticas y socioeconómicas, que debe ser resuelto con criterio mundial.

Hay por cierto muchas formas de aliviar el problema de la deuda y pienso que tal vez los estados no deberían encerrarse en alguna fórmula dogmática. Ahora bien , el problema de la deuda bien lo sabemos, es inseparable del tema del comercio internacional, y por ello no puede existir solución de largo plazo sin una cooperación política de todos los estados. Eso me lleva a insistir en lo que tantas veces he manifestado: la urgencia de reforzar cada vez más el sistema multilateral del que las Naciones Unidas son la perfecta expresión.

He aquí, Majestades, Alteza, Excelencia, señoras y señores, algunas reflexiones inspiradas por el premio, que esta ilustre Fundación me otorga. Como iberoamericano del Perú y representante de un organismo de cooperación para el progreso, he querido aquí expresar mi deseo de que se encuentre solución a los problemas de mi región y servir de vigoroso impulso a su pleno desarrollo, y de que España y Portugal, a semejanza de los arbotantes de la catedral de Oviedo, sean permanentemente sustento de la cooperación entre Iberoamérica y Europa, dos mundos a los cuales ambos pertenecen.

Agradezco vivamente a Su Alteza Real, el Príncipe de Asturias, que tan dignamente preside con Sus Majestades esta emocionante ceremonia y que estoy seguro mira esperanzado el porvenir, como es propio de su radiante juventud, por hacerme entrega de este premio que lleva con su nombre, qué duda cabe, un fervoroso compromiso con nuestra Iberoamérica común.

Muchas gracias.

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