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Salman Khan y la Khan Academy

Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional 2019

Majestades,
Altezas Reales,
Queridos premiados,
Señoras y señores:

Muchas gracias por este increíble honor.

Para los que no conocen la Khan Academy, somos una organización sin ánimo de lucro con la misión de proporcionar una educación de calidad y gratuita para cualquier persona, en cualquier lugar. Y lo que comenzó hace poco más de una década como un proyecto de tutoría para un primo mío de 12 años –pronto se corrió la voz en mi familia de que era gratuita–, se extendió y ahora llega a aproximadamente 100 millones de estudiantes cada año. Y para entender de qué se trata, imaginen a los alumnos de todo el planeta que pueden tener una pregunta, que pueden tener problemas en la escuela: queremos ser el tutor que su familia tal vez no pueda pagar. Para un estudiante que puede que no tenga acceso a la escuela, esperamos que pueda ir a la Academia Khan y comenzar desde donde sea que esté y aprender lo que sea necesario para ser un miembro productivo de la sociedad. Para un maestro o profesor, esperamos que podamos ser su asistente de enseñanza, para que pueda satisfacer mejor las necesidades de todos sus estudiantes y tener información y ayudarlos a superar cualquier obstáculo con que puedan enfrentarse.

Hay más de 40 proyectos de traducción en todo el mundo y me complace decir que el proyecto español es el más desarrollado de todos ellos. Y por muy lejos que hemos llegado hasta ahora… –y tengo que ser claro, la Khan Academy es mucho más que yo mismo; hay miles de personas que son voluntarias y cientos de miles de personas que han sido donantes, cientos de personas que trabajan conmigo a tiempo completo–, y lo que les digo a todos es, por muy lejos que hemos llegado, queda muchísimo más por hacer. Nuestra visión es la de llegar a todo el mundo; sea a una niña en un pueblo, en un barrio marginal a las afueras de Bombay, o sea un niño en Oviedo o Nueva York que tiene dificultades, pero que sueña con hacer algo de sí mismo. Y para apreciar cuánto potencial hay, les contaré una historia sobre una joven llamada Sultana. Hace unos 7 años, ella tenía 12 años. Vivía en una pequeña ciudad en Afganistán capturada por los talibanes. Prohibieron a las niñas ir a la escuela –incluyendo a Sultana– y las amenazaron directamente con violencia física si se atrevían incluso a intentarlo. Así que pasaba todo su tiempo –no iba a la escuela– en casa, cocinando, limpiando, haciendo tareas domésticas.

Pero, afortunadamente para ella, su cuñado vio que tenía mucha curiosidad y que era muy inteligente y decidió comprarle un ordenador portátil de bajo coste y proporcionarle una conexión a internet. Y ese fue su salvavidas. Empezó a averiguar cómo aprender, pronto descubrió la Khan Academy y comenzó a aprender. Una cosa llevó a la otra, y habla con emoción del día en que aprendió, en que se dio cuenta de que estaba aprendiendo más que sus hermanos en las escuelas controladas por los talibanes. Así que persistió y progresó desde el nivel de enseñanza secundaria. Aprendió álgebra, trigonometría, cálculo, química, física, biología.

Más tarde, a los 17 años –[hablo de] una niña en una ciudad controlada por los talibanes– se le ocurrió que le gustaría convertirse en física y estudiar en los Estados Unidos. Así que, una vez más, supo que si se presentaba a un examen llamado SAT en los Estados Unidos para ingresar a la universidad, podría ir a algunas de estas universidades e incluso podría obtener una beca. Pero no podía hacer el examen en Afganistán. Entonces mintió a sus padres y pasó de forma clandestina de Afganistán a Pakistán, cruzando una de las fronteras más peligrosas del mundo, para hacer el examen SAT. Así que si alguno de ustedes tiene niños pequeños en casa que se quejan por hacer un examen, cuéntenles la historia. Y como pueden imaginar, para alguien sin educación formal, especialmente sin educación formal en inglés, le fue notablemente bien.

Entonces trató de solicitar plaza en las escuelas en los Estados Unidos, pero no pudo demostrar tener los medios económicos necesarios, no pudo obtener una visa. Pero afortunadamente, un escritor del New York Times, Nicholas Kristoff, se enteró de su historia y escribió un artículo en The New York Times titulado “Conoce a Sultana, la peor pesadilla de los talibanes”. Entonces, gracias a ese texto, Sultana pudo conseguir asilo político en los Estados Unidos y acceder a la universidad. La semana pasada intercambié correos electrónicos con Sultana y acaba de terminar el verano en CalTech realizando investigación en computación cuántica.

Así es una historia que creo que para cualquiera que la vea, dirá “¡Qué clase de determinación, qué clase de resistencia!”. Pero cuando realmente se pongan a pensar, ¿cuántas Sultanas más hay en el mundo? Las cosas le salieron bien a ella, pero imagina si una de esas piezas no llega a encajar. Puede haber otras mil sultanas en esa ciudad, puede haber un millón de sultanas en Afganistán..., tanto niñas como niños. Puede haber una Sultana ahí fuera, puede haber una Sultana en cualquier lugar donde miremos. Así que el fin aquí no es solo para ellos, es francamente para todos nosotros. Porque si permitimos que realicen su potencial, nos ayudarán a todos. Encontrarán curas para enfermedades; escribirán una literatura espléndida. Si no lo hacemos, sus energías podrían ir en direcciones que son muy negativas para todos nosotros.

Así que terminaré con una idea, y mucha gente me ha estado preguntando esto en la última semana, que ha sido una de las semanas más memorables de mi vida.

Mucha gente asume que por muy productiva que nos pueda volver, la tecnología puede ser una fuerza de deshumanización para la sociedad. Ese es un riesgo muy real; pero, en mi opinión, no tiene por qué ser así. De hecho –y Sultana es un buen ejemplo y potencialmente hay millones más como ella–, creo que la tecnología puede usarse para hacer nuestras vidas más, y no menos, humanas. Imaginen un mundo donde la hora de clase ya no es para estar sentado quieto escuchando la lección de forma pasiva, sino para que los niños colaboren y trabajen para aprender a su propio tiempo y ritmo. Imaginen que el papel del enseñante cambia, de modo que no esté distanciado de los estudiantes mientras imparte una conferencia, sino que esté empoderado con información que le ayudará a tener las mejores interacciones personales posibles con sus estudiantes. Imaginen un mundo donde cada niño verdaderamente tenga acceso a una educación de calidad y gratuita. Ese me parece a mí, y creo que este premio es para esa misión, el más humano y el más humanitario de los mundos.

Gracias.

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